viernes, 20 de junio de 2014





CUERPO Y SANGRE DE CRISTO
Junio 22, 2014 

Hoy celebramos la verdadera presencia de Cristo en la Eucaristía. He aquí algunas de las reflexiones que San Francisco de Sales hace en relación a este Sacramento.

Después de la resurrección Jesús entró en la habitación donde se habían reunido los apóstoles; aún cuando las puertas estaban cerradas con llave. El quería asegurarles que seguía con vida y que permanecía entre ellos. De este mismo modo Jesús nos entrega Su cuerpo y Su sangre, transformados en pan y vino, para convencernos de que Su presencia entre nosotros es real.

El punto máximo del amor de Dios por nosotros, un amor que se basa en la autoentrega, es manifestado en la Eucaristía. Cristo instituyo el sacramento de la Eucaristía para que la totalidad de la familia humana pudiese estar íntimamente ligada a El. Una vez unidos en Cristo, este sacramento también nos llama, y nos ayuda, a unirnos a los demás por medio de una clase conexión espiritual que Nuestro Salvador desea que exista entre nosotros. Esta unión agrupa a muchos y muy diferentes miembros, y los moldea en un sólo cuerpo. Es por esto que este sacramento es conocido también como la Comunión, ya que representa para nosotros la unión común del amor sagrado que ha de existir entre nosotros.

En la Eucaristía, el banquete perpetuo de la gracia divina, nos ha sido otorgada una promesa de felicidad infinita. Cuando recibimos la Eucaristía con frecuencia y con devoción, estamos fortaleciendo nuestra salud espiritual para así poder evitar el mal de manera efectiva. Esto fortifica nuestro corazón y nos hace como dioses en este mundo. Las frutas más delicadas, como las fresas, están sujetas a la descomposición. Pero pueden ser conservadas fácilmente por un año si se les coloca entre miel o azúcar. Así mismo ocurre -aunque de forma más grandiosa- cuando recibimos la Eucaristía, ya esta conserva nuestros débiles corazones y los protege del mal.

Tanto quienes se consideran perfectos, como aquellos que se consideran imperfectos, han de recibir la Eucaristía frecuentemente. Los perfectos por que poseen la predisposición para hacerlo. Los imperfectos para que puedan alcanzar la perfección. Nuestro Señor nos ama a todos con el mismo amor, El nos acoge en sus brazos a través de este Sacramento. Debemos afianzar estos gentiles y vigorizantes lazos del amor divino por medio de la Eucaristía. 
(Adaptado de los escritos de San Francisco de Sales.) 

El Centro de Espiritualidad De Sales es un ministerio de la Provincia de los Oblatos de San Francisco de Sales de Wilmington-Philadelphia.

jueves, 19 de junio de 2014




(aciprensa)
A fines del siglo XIII surgió en Lieja, Bélgica, un Movimiento Eucarístico cuyo centro fue la Abadía de Cornillón fundada en 1124 por el Obispo Albero de Lieja. Este movimiento dio origen a varias costumbres eucarísticas, como por ejemplo la Exposición y Bendición con el Santísimo Sacramento, el uso de las campanillas durante la elevación en la Misa y la fiesta del Corpus Christi.
Santa Juliana de Mont Cornillón, por aquellos años priora de la Abadía, fue la enviada de Dios para propiciar esta Fiesta. La santa nace en Retines cerca de Liège, Bélgica en 1193. Quedó huérfana muy pequeña y fue educada por las monjas Agustinas en Mont Cornillon. Cuando creció, hizo su profesión religiosa y más tarde fue superiora de su comunidad. Murió el 5 de abril de 1258, en la casa de las monjas Cistercienses en Fosses y fue enterrada en Villiers.
Desde joven, Santa Juliana tuvo una gran veneración al Santísimo Sacramento. Y siempre anhelaba que se tuviera una fiesta especial en su honor. Este deseo se dice haber intensificado por una visión que tuvo de la Iglesia bajo la apariencia de luna llena con una mancha negra, que significaba la ausencia de esta solemnidad.
Juliana comunicó estas apariciones a Mons. Roberto de Thorete, el entonces obispo de Lieja, también al docto Dominico Hugh, más tarde cardenal legado de los Países Bajos y a Jacques Pantaleón, en ese tiempo archidiácono de Lieja, más tarde Papa Urbano IV.
El obispo Roberto se impresionó favorablemente y, como en ese tiempo los obispos tenían el derecho de ordenar fiestas para sus diócesis, invocó un sínodo en 1246 y ordenó que la celebración se tuviera el año entrante; al mismo tiempo el Papa ordenó, que un monje de nombre Juan escribiera el oficio para esa ocasión. El decreto está preservado en Binterim (Denkwürdigkeiten, V.I. 276), junto con algunas partes del oficio.
Mons. Roberto no vivió para ver la realización de su orden, ya que murió el 16 de octubre de 1246, pero la fiesta se celebró por primera vez al año siguiente el jueves posterior a la fiesta de la Santísima Trinidad. Más tarde un obispo alemán conoció la costumbre y la extendió por toda la actual Alemania.
El Papa Urbano IV, por aquél entonces, tenía la corte en Orvieto, un poco al norte de Roma. Muy cerca de esta localidad se encuentra Bolsena, donde en 1263 o 1264 se produjo el Milagro de Bolsena: un sacerdote que celebraba la Santa Misa tuvo dudas de que la Consagración fuera algo real. Al momento de partir la Sagrada Forma, vio salir de ella sangre de la que se fue empapando en seguida el corporal. La venerada reliquia fue llevada en procesión a Orvieto el 19 junio de 1264. Hoy se conservan los corporales -donde se apoya el cáliz y la patena durante la Misa- en Orvieto, y también se puede ver la piedra del altar en Bolsena, manchada de sangre.
El Santo Padre movido por el prodigio, y a petición de varios obispos, hace que se extienda la fiesta del Corpus Christi a toda la Iglesia por medio de la bula "Transiturus" del 8 septiembre del mismo año, fijándola para el jueves después de la octava de Pentecostés y otorgando muchas indulgencias a todos los fieles que asistieran a la Santa Misa y al oficio.
Luego, según algunos biógrafos, el Papa Urbano IV encargó un oficio -la liturgia de las horas- a San Buenaventura y a Santo Tomás de Aquino; cuando el Pontífice comenzó a leer en voz alta el oficio hecho por Santo Tomás, San Buenaventura fue rompiendo el suyo en pedazos.
La muerte del Papa Urbano IV (el 2 de octubre de 1264), un poco después de la publicación del decreto, obstaculizó que se difundiera la fiesta. Pero el Papa Clemente V tomó el asunto en sus manos y, en el concilio general de Viena (1311), ordenó una vez más la adopción de esta fiesta. En 1317 se promulga una recopilación de leyes -por Juan XXII- y así se extiende la fiesta a toda la Iglesia.
Ninguno de los decretos habla de la procesión con el Santísimo como un aspecto de la celebración. Sin embargo estas procesiones fueron dotadas de indulgencias por los Papas Martín V y Eugenio IV, y se hicieron bastante comunes a partir del siglo XIV.
La fiesta fue aceptada en Cologne en 1306; en Worms la adoptaron en 1315; en Strasburg en 1316. En Inglaterra fue introducida de Bélgica entre 1320 y 1325. En los Estados Unidos y en otros países la solemnidad se celebra el domingo después del domingo de la Santísima Trinidad.
En la Iglesia griega la fiesta de Corpus Christi es conocida en los calendarios de los sirios, armenios, coptos, melquitas y los rutinios de Galicia, Calabria y Sicilia.

Finalmente, el Concilio de Trento declara que muy piadosa y religiosamente fue introducida en la Iglesia de Dios la costumbre, que todos los años, determinado día festivo, se celebre este excelso y venerable sacramento con singular veneración y solemnidad; y reverente y honoríficamente sea llevado en procesión por las calles y lugares públicos. En esto los cristianos atestiguan su gratitud y recuerdo por tan inefable y verdaderamente divino beneficio, por el que se hace nuevamente presente la victoria y triunfo de la muerte y resurrección de Nuestro Señor Jesucristo.

miércoles, 18 de junio de 2014

Hablar de la Iglesia
es hablar de nuestra madre

Miercoles 18 Jun 2014 | 10:37 am


Después de recorrer la plaza de San Pedro, durante varios minutos, rodeado de fieles y peregrinos llegados desde todas las partes del mundo, saludando, bendiciendo, besando niños, el papa Francisco comenzó hoy, miércoles 18 de junio, una serie de catequesis sobre la Iglesia. 




Queridos hermanos y hermanas, y felicitaciones porque fueron valientes, con este tiempo que no se sabe si llueve, si no llueve, ¡valientes! Esperamos que Dios tenga misericordia de nosotros y no llueva antes de terminar. 

Hoy comienzo un ciclo de catequesis sobre la Iglesia. Es un poco como un hijo que habla de su propia madre, de su propia familia. Hablar de la Iglesia es hablar de nuestra madre, de nuestra familia. La Iglesia no es una institución cuyo fin es ella misma o una asociación privada, una ONG, ni mucho menos se debe restringir la mirada al clero o al Vaticano. 

La Iglesia somos todos. No de los curas. Los curas son parte de la Iglesia, la Iglesia somos todos. No la limiten a los obispos, los sacerdotes, el Vaticano, esos son parte de la Iglesia, pero la Iglesia somos todos, todos familia, de la madre. La Iglesia es una realidad muy amplia, que se abre a toda la humanidad y que no nace de repente de la nada, no nace en un laboratorio. 

Está fundada por Jesús, es un pueblo con una larga historia sobre sus espaldas y una preparación mucho antes del propio Cristo. 

1. Esta historia, o “prehistoria”, de la Iglesia se encuentra ya en las páginas del Antiguo Testamento. Escuchamos el Libro del Génesis, Dios eligió a Abraham, nuestro padre en la fe, y le pidió que partiera, que dejara su patria terrena y fuera hacia otra tierra, otra tierra que Él le indicaría (cfr Gen 12,1-9). Y en esta vocación Dios no llama a Abraham por sí solo, como individuo, sino que implica desde el principio a su familia, a su parentela y a todos aquellos que están al servicio de su casa. 

Así empezó a caminar la Iglesia. Ya en camino, Dios ensanchará aún más el horizonte y colmará a Abraham de su bendición, prometiéndole una descendencia numerosa como las estrellas del cielo y como la arena del mar. El primer dato importante es precisamente esto: comenzando por Abraham, Dios forma un pueblo para que lleve su bendición a todas las familias de la tierra. Y dentro de este pueblo nace Jesús. Es Dios quien hace este pueblo, esta historia: la Iglesia en camino, y allí nace Jesús, en este pueblo. 

2. Un segundo elemento: no es Abraham quien constituye alrededor suyo a un pueblo, sino que es Dios quien da la vida a este pueblo. Normalmente era el hombre quien se dirigía a la divinidad, intentando llenar la distancia e invocando apoyo y protección, la gente rezaba invocando a la divinidad. 

En este caso, en cambio, se asiste a algo inaudito: es Dios mismo quien toma la iniciativa, oigamos esto, es Dios mismo quien llama a la puerta de Abraham, y le dice, vete adelante, vete de tu tierra, empieza a caminar y yo haré de ti un gran pueblo, y este es el inicio de la Iglesia, y en este pueblo nace Jesús. Pero es Dios quien toma la iniciativa, y dirige su palabra al hombre, creando un vínculo y una relación nueva con él. 

Pero ¿cómo es esto? ¿Dios nos habla? Sí. ¿Y nosotros podemos hablar con Dios? Sí. ¿Pero nosotros podemos tener una conversación con Dios? Sí, ¡esto se llama oración! Pero es Dios quien lo hizo desde el principio. Así Dios forma un pueblo con todos aquellos que escuchan su Palabra y que se ponen en camino, fiándose de Él. 

Esta es la única condición, confiar en Dios. Si confías en Dios, lo escuchas y te pones en camino, esto es “hacer Iglesia”. 

El amor de Dios precede todo. Dios siempre llega antes que nosotros, nos precede. El profeta Isaías o Jeremías, uno de estos dos, no recuerdo bien, decía que Dios es como la flor del almendro, porque es el primer árbol que florece en primavera, para decir que Dios siempre florece antes que nosotros. Cuando llegamos Él ya nos espera, nos llama, nos hace caminar, siempre anticipándose a nosotros, y esto se llama amor, porque Dios nos espera siempre. 

Pero Padre, yo no creo esto porque si usted supiera, Padre, mi vida fue tan fea, ¿cómo puedo pensar que Dios me espera? Dios te espera y si fuiste un gran pecador te espera aún más y te espera con mucho amor, porque Él es el primero. Esta es la belleza de la Iglesia que nos lleva hacia este Dios que nos espera. 

3. Abraham y los suyos escuchan la llamada de Dios y se ponen en camino, a pesar de que no saben bien quién es este Dios y adónde quiere llevarlos. Es verdad, Abraham se pone en camino por este Dios que le habló, pero no tenía un libro de teología para estudiar quien era este Dios. Se fía, se fía del amor. 

Dios le hace sentir su amor y él se fía. Pero esto no significa que estas personas sean siempre convencidos y fieles. Al contrario, desde el principio hay resistencias, replegamientos en sí mismos y en sus intereses y la tentación de comerciar con Dios y de resolver las cosas a su manera. 

Son las traiciones y los pecados que marcan el camino del pueblo a lo largo de toda la historia de la salvación, que es la historia de la fidelidad de Dios y de la infidelidad del pueblo. 

Pero Dios no se cansa, tiene paciencia, tiene mucha paciencia y en el tiempo sigue educando y formando a su pueblo, como un padre con su propio hijo. Dios camina con nosotros. Dice el profeta Oseas, yo caminé contigo y te enseñé a caminar como un papá enseña a caminar al niño. 

Bella figura de Dios. Y así es con nosotros, nos enseña a andar. Y es la misma actitud que mantiene hacia la Iglesia. También nosotros, de hecho, aun en nuestro propósito de seguir al Señor Jesús, tenemos experiencia cada día del egoísmo y de la dureza de nuestro corazón. Pero cuando nos reconocemos pecadores, Dios nos llena de su misericordia y de su amor. Y nos perdona, perdona siempre. 

Y es precisamente esto lo que nos hace crecer como pueblo de Dios, como Iglesia: no es nuestra bravura, no son nuestros méritos, nosotros somos poca cosa, sino que es la experiencia cotidiana de cuánto el Señor nos quiere y cuida de nosotros. Esto es lo que nos hace sentirnos verdaderamente suyos, en sus manos, y nos hace crecer en la comunión con Él y entre nosotros. Ser Iglesia es sentirse en las manos de Dios, que es Padre, que nos ama, nos acaricia, nos espera, nos hace sentir su ternura. Y esto es muy bello. 

Queridos amigos, este es el proyecto de Dios. Cuando llamó a Abraham, pensaba en esto: formar un pueblo bendecido por su amor y que lleve su bendición a todos los pueblos de la tierra. Este proyecto no cambia, está siempre en acto. En Cristo tuvo su cumplimiento y aún hoy Dios sigue realizándolo en la Iglesia. 

Pidamos por tanto la gracia de permanecer fieles en seguimiento del Señor Jesús y en la escucha de su Palabra, dispuestos a partir cada día, como Abraham, hacia la tierra de Dios y del hombre, nuestra verdadera patria, y así ser bendición, signo del amor de Dios por todos sus hijos. 

A mí me gusta pensar que un sinónimo, otro nombre que podemos tener los cristianos sería este: son hombres y mujeres, gente de bendición. El cristiano con su vida debe bendecir siempre, bendecir a Dios y bendecirnos a todos nosotros. Nosotros los cristianos somos gente que bendice, que sabe bendecir. ¡Qué bella vocación!+