jueves, 3 de julio de 2014
EN LAS FUENTES DE LA ALEGRÍA (002)
SAN FRANCISCO DE SALES
(Recopilación y engarce de textos por el canónigo F. Vidal)
LA
OBSERVANCIA DE LO MANDAMIENTOS
Cumplir
los mandamientos es el primer deber de un alma deseosa de hacer la voluntad de
Dios. Escribe san Francisco de Sales:«Antes que nada, es necesario observar los
mandamientos generales de la ley de Dios y de la Iglesia, que obligan a todo
fiel cristiano; y sin ello -añade- no puede haber ninguna devoción; esto lo
sabe todo el mundo».Pero aunque todo el mundo lo sepa, quizá no sea inútil
insistir en ello. Es bueno convencerse de esta verdad, de que la observancia de
los mandamientos es condición necesaria para toda vida cristiana y que ninguna
práctica de supererogación dispensa jamás de las prescripciones formales de la
ley.'''«Por eso, siempre debemos procurar cumplir lo que Dios manda a todos los
cristianos... y quien esto no observe cuidadosamente, sólo tendrá una devoción
falsa».Y aún hay más: quien aspire a una vida fervorosa, tiene que observar los
mandamientos «con prontitud y con gusto». Puesto que son la expresión de la
voluntad de Dios, deben encontrarnos siempre dispuestos a cumplirlos, y a hacerlo
de buen grado, tanto más cuanto que, por su naturaleza, son «dulces, agradables
y suaves».¿Es ésta, sin mbargo, nuestra actitud? El Santo observa: «Muchos
cumplen los mandamientos como quien traga una medicina, más por miedo a
condenarse que por el placer de vivir según la voluntad del Salvador».Y es ésa
una peculiaridad de la condición humana, que siente horror a todo lo que le es
impuesto. Por ello prosigue:«Y así como hay personas que, por agradable que sea
un medicamento, lo toman de mala gana, sólo porque es medicamento, así hay
almas que tienen horror a lo que se les manda por el hecho mismo de ser
mandado.
En este sentido -continúa-, se cuenta que un hombre había vivido a
gusto en la gran ciudad de París sin salir de ella durante ochenta años y en
cuanto el rey le ordenó permanecer allí para siempre, salía a diario a
disfrutar del campo, cosa que antes nunca había echado de menos»."Es
cierto que este humor caprichoso se remonta a los comienzos de la
humanidad:«Eva, de cien mil frutos deliciosos, escogió el que se le había
prohibido, y seguro que, si se le hubiera permitido probarlo, no se lo habría
comido». "Gusto por la independencia, ciertamente, pero también debilidad
de nuestra naturaleza, que se asusta a veces de las exigencias de los mandamientos.
Si tuviéramos verdadero amor de Dios, las dificultades, en vez de echarnos para
atrás, aumentarían nuestro ánimo y convertirían en dulce y agradable lo que nos
parece áspero y molesto.«Un corazón que está lleno de amor, ama los
mandamientos, y, cuanto más difíciles son; más dulces y agradables los
encuentra, porque así complace más al Amado y le hace mayor honor». El amor de
Dios, la adhesión a su santa voluntad expresada en los mandamientos, dan
prontitud en la obediencia y gozo en su ejecución. El obispo se preocupa mucho
por nuestro progreso en este camino y en la Introducción a la vida devota nos
invita a «examinar el estado de nuestra alma para con Dios»:-«¿Cómo se
encuentra vuestro corazón respecto a los mandamientos de Dios? ¿Los encuentra buenos,
dulces, agradables? ¡Ay, hija mía!, quien tiene el gusto en buen estado y el
estómago sano, disfruta con la comida buena y rechaza la mala...-¿Cómo está
vuestro corazón para con Dios? ¿Se complace en acordarse de Él? ¿Siente su
agradable dulzura? David dice: me he acordado de Dios, me he complacido en él.
¿Sentís en vuestro corazón cierta facilidad para amarle y un gusto particular
en saborear ese amor? ¿Se recrea vuestro corazón al pensar en la inmensidad de
Dios, en su bondad y en su dulzura? Si el recuerdo de Dios os sobreviene en
medio de las ocupaciones del mundo y de sus vanidades, ¿logra hacerse sitio, se
apodera de vuestro corazón? ¿Os parece que vuestro corazón se vuelve hacia Él y
en cierto modo sale a su encuentro? Ciertamente hay almas así, que, por muy
ocupadas que estén, si les viene el recuerdo de Dios, les resulta imposible
atender a otra cosa, por el placer que sienten al experimentarlo, lo que
constituye una buenísima señal».
Santo Tomas, Apóstol
3 de Julio
Se
le conoce a Santo Tomás por su incredulidad después de la muerte del Señor.
Jesús se apareció a los discípulos el día de la resurrección para convencerlos
de que había resucitado realmente.
Tomás,
que estaba ausente, se negó a creer en la resurección de Jesús: "Si no veo
en sus manos la huella de los clavos y pongo el dedo en los agujeros de los
clavos y si no meto la mano en su costado, no creeré". Ocho días más
tarde, cuando Jesús se encontraba con los discípulos, se dirigió a Tomás y le
dijo: "Pon aquí tu dedo y mira mis manos: dame tu mano y ponla en mi
costado. Y no seas incrédulo, sino creyente." Tomás cayó de rodillas y
exclamó: "Señor mío y Dios mío!" Jesús replicó: "Has creido,
Tomás, porque me has visto. Bienaventurados quienes han creído sin haber
visto."
El
Martirologio Romano, que combina varias leyendas, afirma que Santo Tomás
predicó el Evangelio a los partos, medos, persas e hircanios, y que después
pasó a la India y fue martirizado en "Calamina". Conmemora el 3 de
julio la traslación de las reliquias de Santo Tomás a Edesa. En el Malabar y en
todas las iglesias sirias dicha fecha es la de la fiesta principal, pues el
martirio tuvo lugar el 3 de julio del año 72.
miércoles, 2 de julio de 2014
La
semana pasada el New York Times publicó un interesante artículo sobre las
vocaciones religiosas de la Iglesia Católica en Estados Unidos.
Tradicionalmente, un artículo del New York Times buscaría a mostrar una imagen
negativa de la situación vocacional, pero esta vez fue diferente.
El
artículo, titulado In two Michigan towns, a Higher Calling is Heard (En dos
pueblos de Michigan el llamado de lo alto fue escuchado), explica por qué en
dos pequeños pueblos del Medio Oeste de Estados Unidos, un inusual número de
jóvenes está respondiendo a la llamada vocacional.
Cuando
leí el titular, lo primero que pensé fue “quiero ir allá para ver y sentir lo
que está pasando”. Tras leer por segunda vez el artículo, pude identificar unas
pocas pero importantes conclusiones sobre una experiencia que toda comunidad
católica puede incorporar para aumentar el número de vocaciones y ayudarlas a
perseverar en el tiempo:
• Adoración Eucarística por las
vocaciones: El New York Times señala que en esos dos pueblos,
las parroquias locales dedican una hora de oración por las vocaciones. El
Señor Jesús nos dice “Pedid, y se os dará” (Mt. 7,7). Sabemos que el Señor es
bueno y misericordioso, que Él es abundante en sus dones espirituales, pero también
necesita que le pidamos estos dones. Necesitamos más vocaciones, por lo tanto
recemos por ellas como comunidad.
• Apoyo de los padres y de la
comunidad. La decisión de entregar la vida al servicio de Dios
y de la Iglesia es algo difícil, así como lo es el matrimonio. Si todos tus
amigos te han dicho que es una locura que te cases con tu novio/novia es muy
probable que dudes más de una vez en pedir su mano. Lo mismo ocurre cuando
consideras una vocación religiosa. Conozco a muchos hombres y mujeres valientes
que no tuvieron el apoyo de sus padres o amigos cuando decidieron responder al
llamado del Señor. Cuántas más vocaciones tendríamos si los padres tuvieran la
misma actitud de Agnes Koenigsknecht, madre de dos sacerdotes, quien dice: “No
nos pertenecen. ¿Cómo puedes retenerlos (ante su vocación)?”.
• Estímulo y apoyo constante a
seminaristas y religiosos. Actualmente, existen muchos desafíos
para vivir la fidelidad en el matrimonio o en la vida religiosa. Solemos
celebrar cuando un joven decide ingresar en la vida religiosa, pero ¿qué pasa
después? Los religiosos y religiosas tienen altos y bajos al igual que el resto
de las personas. En lugares donde el número de vocaciones es alto, el New York
Times señala que existe un apoyo contante que va desde pequeñas contribuciones
monetarias hasta cartas de motivación escritas por niños.
En
octubre de 2013, el Papa Francisco también ofreció algunos importantes consejos
al Obispo chileno Juan Ignacio González para aquellos que están considerando la
vocación a la vida religiosa:
• Es Jesús quien te llama. “Que
se deje mirar por Jesús, porque el que lo llama no es ni el cura, ni el obispo,
ni el Papa. Es Jesús quien lo está mirando con cariño, le muestra la gente, la
necesidad del pueblo de Dios y le dice: si quieres ayúdame”, afirmó el Papa
Francisco.
• Rechazar tu llamada vocacional
causa tristeza. Jesús llamó al joven rico, un hombre con muchas
riquezas, pero el joven rico eligió no responder. El Papa Francisco dice, “si
no lo sigues, eres libre, pero mira la tristeza que provocas en el corazón del
Señor y la tristeza de provocas en tantos corazones que no van a poder
solucionar su problema porque les va a faltar un sacerdote”.
• No seas tonto. “El
Señor cuando agarra de la mano nunca deja solo”. Jesús es fiel a todos los que
él llama. Si Él te llama, nunca te abandonará.
Es
verdad que la Iglesia Católica ha experimentado un descenso en el número de
vocaciones, sin embargo, existen comunidades donde existe un florecimiento de
las vocaciones y el Señor no nos ha dejado solos. Él nos está mostrando el
testimonio de comunidades católicas vivas. Nos corresponde a cada uno de
nosotros poner de nuestra parte, rezar por las vocaciones, crear una cultura de
la aceptación y entregar un apoyo constante.
martes, 1 de julio de 2014
EN LAS FUENTES DE LA ALEGRÍA (001)
SAN FRANCISCO DE SALES
(Recopilación y engarce de textos por el canónigo F.Vidal)
SAN FRANCISCO DE SALES EXPLICA
EN QUÉ CONSISTE LA VERDADERA SANTIDAD
«La
perfección de la vida cristiana consiste en la conformidad de nuestra voluntad
con la de Dios, que es la soberana regla y ley de todas las acciones»Desde
«Nécy, el día de la santa Cruz de 1604», escribía Francisco de Sales a la Sra.
de Chantal: «No cesaré nunca de rogar a Dios que quiera perfeccionar en vos su
santa obra, es decir, el buen deseo y el propósito de llegar a la perfección de
la vida cristiana; deseo que debéis guardar y alimentar con ternura en vuestro
corazón, como un don del Espíritu Santo y una chispa de su fuego divino.
En Roma vi
un árbol plantado por el bienaventurado santo Domingo: todo el mundo lo va a
ver y lo cuidan por amor a quien lo plantó; por eso, al ver en vos el árbol del
deseo de santidad que nuestro Señor ha plantado en vuestra alma, lo amo y me
complace pensar en él ahora aún más que en vuestra presencia, y os exhorto a
hacer lo mismo y decir conmigo: que Dios os haga crecer, oh hermoso árbol que
Él plantó; divina semilla celestial, que Dios os haga producir frutos maduros y
que, una vez producidos, Dios mismo los guarde del viento para que no caigan
por tierra y se los coman las alimañas. Señora, este deseo debe permanecer en
vos como los naranjos de la costa de Génova, que están casi todo el año
cargados de frutos, de flores y de hojas a un mismo tiempo. Porque vuestro
deseo ha de estar presto para fructificar en cuanto se presente la ocasión, sin
dejar por ello de seguir deseando más cosas y más motivos para ir adelante.
Esos deseos son las flores del árbol de vuestros propósitos; las hojas serán el
reconocimiento constante de vuestra flaqueza, que os conservará las buenas
obras y los buenos deseos... Encomendadme a nuestro Señor, pues lo necesito más
que nadie en el mundo. A Él le suplico que os conceda abundantemente su santo
amor».
No sólo en su hija predilecta, sino en todas las almas, ve el
obispo de Ginebra el árbol del deseo de santidad que el Señor ha plantado, y él
lo cuida tiernamente y lo ayuda para que produzca con las hojas de la humildad
y las flores de los generosos deseos, los frutos de las sólidas virtudes. Son
innumerables las almas a quienes, con su gracia delicada y su gran poder de
persuasión, él ha encaminado del deseo de la santidad a su realización más
elevada, bajo el fuego del divino amor.Para llevarlas a la perfección de la
vida cristiana les ha enseñado «la verdadera y viva devoción», que «no es otra
cosa -nos dice en su In-troducción- que un verdadero amor a Dios. Este no es un
amor cualquiera, porque cuando el amor divino embellece nuestra alma, se llama
gracia y nos hace agradables a su divina Majestad; cuando nos da fuerza para
obrar el bien, se llama caridad; y cuando llega al grado de perfección en que
no solamente nos mueve a obrar el bien, sino a hacerlo de forma cuidadosa y
frecuente y con prontitud, entonces se llama devoción».Así se lo explicaba a
una de sus dirigidas, que le había preguntado qué era la devoción y cómo
adquirirla.
«La virtud
de la devoción -le respondía- no es más que una general inclinación y prontitud
del alma para hacer lo que se sabe agradable a Dios; es esa dilatación del
corazón de que hablaba David cuando decía:corrí por la senda de tus mandatos
cuando me ensanchaste el corazón.Los que son simplemente buenos - proseguía el
obispo- andan por los caminos de Dios, pero los devotos corren; y si son muy
devotos, vuelan». Según esto, lo que sabemos que agrada a Dios es el
cumplimiento de su voluntad; voluntad significada en los mandamientos y en los
deberes de nuestro estado; voluntad de beneplácito, manifestada en los
acontecimientos que nos ocurren, ya sean agradables o desagradables para
nuestra naturaleza.Estudiemos bajo esos diversos aspectos las enseñanzas de san
Francisco de Sales. Él nos per-mitirá comprender mejor la voluntad de Dios,
incitándonos a cumplirla siempre con todo amor.
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