domingo, 19 de octubre de 2014

El papa Francisco beatificó a Pablo VI

Domingo 19 Oct 2014 | 11:19 am Ciudad del Vaticano (AICA): En la mañana de este domingo 19 de octubre, el papa Francisco elevó a los altares a Pablo VI. En la Santa Misa con ocasión de la conclusión del Sínodo extraordinario sobre la familia y de la beatificación de su predecesor Giovanni Battista Montini -Pablo VI, coincidiendo también este domingo con la Jornada Misionera Mundial.

Ante unos setenta mil fieles que colmaban la Plaza de San Pedro, el Santo Padre anunció asimismo que la fiesta litúrgica del nuevo papa beato será el 26 de septiembre, fecha de su nacimiento. El papa emérito Benedicto XVI, que fue creado cardenal por el nuevo beato participó de la celebración.

Durante la santa misa, el Papa usó la casulla que Pablo VI recibió como regalo en ocasión de su 80 cumpleaños y utilizó un cáliz del papa Montini. La reliquia que se presentó en el momento de la beatificación es la camisa impregnada con su sangre, de la ocasión del atentando que sufrió en el viaje apostólico a Manila en Filipinas, el 28 de noviembre de 1970.

Al iniciar la celebración eucarística, el postulador leyó la biografía del siervo de Dios Pablo VI. A continuación, Francisco pronunció en latín la fórmula de beatificación. Al finalizar sus palabras, los fieles aplaudieron y se quitó la tela que cubría el tapiz con la imagen del nuevo beato. Una imagen en la que se le ve de cuerpo entero, con los brazos abiertos y alzados y encima de los típicos "sanpietrini" romanos.


Homilía del Santo Padre
Acabamos de escuchar una de las frases más famosas de todo el Evangelio: “Dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”.

Jesús responde con esta frase irónica y genial a la provocación de los fariseos que, por decirlo de alguna manera, querían hacerle el examen de religión y ponerlo a prueba. Es una respuesta inmediata que el Señor da a todos aquellos que tienen problemas de conciencia, sobre todo cuando están en juego su conveniencia, sus riquezas, su prestigio, su poder y su fama. Y esto ha sucedido siempre.

Evidentemente, Jesús pone el acento en la segunda parte de la frase: “Y [dar] a Dios lo que es de Dios”. Lo cual quiere decir reconocer y creer firmemente –frente a cualquier tipo de poder- que sólo Dios es el Señor del hombre, y no hay ningún otro. Ésta es la novedad perenne que hemos de redescubrir cada día, superando el temor que a menudo nos atenaza ante las sorpresas de Dios.

¡Él no tiene miedo de las novedades! Por eso, continuamente nos sorprende, mostrándonos y llevándonos por caminos imprevistos. Nos renueva, es decir, nos hace siempre “nuevos”. Un cristiano que vive el Evangelio es “la novedad de Dios” en la Iglesia y en el mundo. Y a Dios le gusta mucho esta “novedad”.

“Dar a Dios lo que es de Dios” significa estar dispuesto a hacer su voluntad y dedicarle nuestra vida y colaborar con su Reino de misericordia, de amor y de paz.

En eso reside nuestra verdadera fuerza, la levadura que fermenta y la sal que da sabor a todo esfuerzo humano contra el pesimismo generalizado que nos ofrece el mundo. En eso reside nuestra esperanza, porque la esperanza en Dios no es una huida de la realidad, no es un alibi: es ponerse manos a la obra para devolver a Dios lo que le pertenece. Por eso, el cristiano mira a la realidad futura, a la realidad de Dios, para vivir plenamente la vida –con los pies bien puestos en la tierra– y responder, con valentía, a los incesantes retos nuevos.

Lo hemos visto en estos días durante el Sínodo extraordinario de los Obispos –“sínodo” quiere decir “caminar juntos”–. Y, de hecho, pastores y laicos de todas las partes del mundo han traído aquí a Roma la voz de sus Iglesias particulares para ayudar a las familias de hoy a seguir el camino del Evangelio, con la mirada fija en Jesús. Ha sido una gran experiencia, en la que hemos vivido la sinodalidad y la colegialidad, y hemos sentido la fuerza del Espíritu Santo que guía y renueva sin cesar a la Iglesia, llamada, con premura, a hacerse cargo de las heridas abiertas y a devolver la esperanza a tantas personas que la han perdido.

Por el don de este Sínodo y por el espíritu constructivo con que todos han colaborado, con el Apóstol Pablo, “damos gracias a Dios por todos ustedes y los tenemos presentes en nuestras oraciones” Y que el Espíritu Santo que, en estos días intensos, nos ha concedido trabajar generosamente con verdadera libertad y humilde creatividad, acompañe ahora, en las Iglesias de toda la tierra, el camino de preparación del Sínodo Ordinario de los Obispos del próximo mes de octubre de 2015. Hemos sembrado y seguiremos sembrando con paciencia y perseverancia, con la certeza de que es el Señor quien da el crecimiento.

En este día de la beatificación del papa Pablo VI, me vienen a la mente las palabras con que instituyó el Sínodo de los Obispos: “Después de haber observado atentamente los signos de los tiempos, nos esforzamos por adaptar los métodos de apostolado a las múltiples necesidades de nuestro tiempo y a las nuevas condiciones de la sociedad” (Carta ap. Motu proprio Apostolica sollicitudo).

Contemplando a este gran Papa, a este cristiano comprometido, a este apóstol incansable, ante Dios hoy no podemos más que decir una palabra tan sencilla como sincera e importante: Gracias. Gracias a nuestro querido y amado papa Pablo VI. Gracias por tu humilde y profético testimonio de amor a Cristo y a su Iglesia.

El que fuera gran timonel del Concilio, al día siguiente de su clausura, anotaba en su diario personal: “Quizás el Señor me ha llamado y me ha puesto en este servicio no tanto porque yo tenga algunas aptitudes, o para que gobierne y salve la Iglesia de sus dificultades actuales, sino para que sufra algo por la Iglesia, y quede claro que Él, y no otros, es quien la guía y la salva”. En esta humildad resplandece la grandeza del Beato Pablo VI que, en el momento en que estaba surgiendo una sociedad secularizada y hostil, supo conducir con sabiduría y con visión de futuro –y quizás en solitario– el timón de la barca de Pedro sin perder nunca la alegría y la fe en el Señor.

Pablo VI supo de verdad dar a Dios lo que es de Dios dedicando toda su vida a la “sagrada, solemne y grave tarea de continuar en el tiempo y extender en la tierra la misión de Cristo”, amando a la Iglesia y guiando a la Iglesia para que sea “al mismo tiempo madre amorosa de todos los hombres y dispensadora de salvación”. + 


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