domingo, 10 de agosto de 2014

«LA UNIÓN DE UN HOMBRE Y UNA MUJER ESTÁ ‘ESCRITA EN EL CIELO’»
Reivindicar la belleza del matrimonio cristiano
El filósofo Robert Spaemann explica en un trabajo titulado Divorce and Remarriage (First Things, agosto 2014) el atractivo del matrimonio católico y el revulsivo que las enseñanzas de la Iglesia deben suponer en un contexto de aceptación generalizada del divorcio. Para el pensador alemán resultan alarmantes las cifras de rupturas matrimoniales de las sociedades occidentales, pero mayor preocupación suscita la mentalidad divorcista que ha prendido entre los católicos.

(Aceprensa/InfoCatólica) También entre los creyentes el matrimonio ha dejado de considerarse «una realidad nueva e independiente que se encuentra por encima de la individualidad de los esposos» y que no puede ser disuelta ni por la voluntad de los cónyuges, «ni por la decisión de un sínodo o del Papa».
No rendirse a la corriente dominante
Esta visión del matrimonio choca con ciertos valores actuales, pero no hay que olvidar que tradicionalmente el mensaje cristiano ha contrastado con los modos de vida predominantes. También hoy la Iglesia, «lo quiera o no, se está convirtiendo en una contracultura» y su futuro dependerá de su fidelidad a las enseñanzas del Evangelio, con independencia de lo aceptado socialmente.
Estas reflexiones responden a la polémica sobre la situación de los católicos divorciados y vueltos a casar y la publicación de la intervención del cardenal Kasper en el Consistorio Extraordinario, convocado por el Papa Francisco para preparar el próximo Sínodo de la Familia. Para Spaemann, un cambio en la postura de la Iglesia sobre este tema supondría «una capitulación a la ideología secular».
Aceptar de alguna manera el segundo matrimonio de un divorciado no solo está en contradicción con la doctrina evangélica; significaría transformar «el concubinato adúltero en una unión aceptable bendecida por la Iglesia en nombre de Dios». En tal caso, la respuesta a un pecado –el adulterio– no sería ya la contrición y el perdón, sino una nueva unión, como si el paso del tiempo enmendara en cierto modo la ofensa de la ruptura.
Este modo de pensar, que se ha extendido también en el seno de la Iglesia, está basado en un profundo error. «El tiempo de por sí no es creativo. Su mero transcurrir no restaura la inocencia perdida». Del mismo modo, recuerda Spaemann, la responsabilidad por el pecado no se limita a confesar la culpa: hay una exigencia de reparación, el compromiso a regularizar una situación anómala o de llevar una vida de continencia.
Apoyar a las víctimas
Eso no supone discriminación ni una falta de caridad con quienes han iniciado una nueva unión: «apoyar a nuestros hermanos cristianos que se han vuelo a casar, mostrarles nuestra comprensión y asegurarles la solidaridad de la comunidad es un deber de misericordia». Pero esa atención no obliga a rebajar sus deberes; además, «admitirles a la comunión sin contrición y sin regularizar su situación sería una ofensa contra la Eucaristía».
En cualquier caso, a Spaemann le resulta extraño que en las discusiones sobre este tema no se hayan tenido en cuenta a las víctimas, cuando justamente se ha achacado a la Iglesia que en los casos de abusos sexuales no les prestara suficiente atención. «¿Ha hablado alguien sobre la mujer que ha sido abandonada por su marido, o sobre sus hijos?», pregunta.
Si los divorciados y vueltos a casar pudieran recibir la comunión, las víctimas de la ruptura matrimonial de algún modo entenderían «que la Iglesia acepta y bendice una nueva unión», añadiendo al drama de la ruptura un nuevo agravio. ¿No es de justicia que la Iglesia también se preocupe por ellas?
La belleza del matrimonio cristiano
Es doloroso percatarse de que muchos católicos contraen matrimonio sin estar convencidos de su indisolubilidad. Se casan sin conocer las implicaciones del sacramento. La culpa de ello, en gran parte, es de la propia Iglesia: «La preparación al matrimonio cristiano muchas veces no presta a las parejas comprometidas una imagen clara de las responsabilidades que asumen. Si lo hiciera, muchos decidirían no casarse por la Iglesia. Para otros muchos, sin embargo, una buena preparación matrimonial les serviría para decidir su conversión».
En lugar de buscar alternativas al criterio tradicional o disminuir las responsabilidades que comporta el compromiso conyugal, Spaemann cree necesario promover el atractivo de la concepción cristiana del matrimonio. Pero la belleza de la vida matrimonial solo puede brillar cuando se presentan también sus exigencias, sin diluirlas ni rebajarlas; de otro modo, desaparecería.
«Hay un inmenso atractivo en la idea de que la unión de un hombre y una mujer está ‘escrita en el cielo’, que perdura en lo alto, y que nada puede destruirla, que permanece ‘tanto en la salud como en la enfermedad’. Esta convicción es una maravillosa y estimulante fuente de fortaleza y gozo para aquellos esposos que se enfrentan a crisis matrimoniales y que buscan encender de nuevo su viejo amor».


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